martes, 28 de agosto de 2007

El viejo de los alpes

Después de bastante tiempo, he terminado de ver los 52 capítulos de esa serie infantil maravillosa de mi infancia: Heidi. El famoso personaje creado por Johana Spirit, que me ha llegado al corazón como nunca anteriormente. En algún contexto podrá resultar hasta gracioso o quizás extremadamente infantil para alguien como yo que hace ya tiempo sobrepasó el cuarto de siglo, pero hoy, viendo el último capítulo, he de reconocer que más de una lágrima se ha paseado por mis mejillas.

Cuánta felicidad se puede ver en la ingenuidad de una niña de ocho años, cuánta felicidad sin apenas poseer nada, tan sólo una vieja cabaña de madera y tres cabritillos, pero sin embargo tiene todo lo que cualquiera de nosotros desearíamos: un verdadero amor en la figura de su abuelito y de sus grandes amigos Pedro y Clara. En aquella época todavía no se daba la sociedad del consumo, todavía se ejercian trueques, cambiando el pan por el queso, arreglar una cabaña por un poco de mantequilla, y sin embargo, todo eran sonrisas, esas sonrisas que faltan en el mundo de hoy en día.

Pero quiero fijarme sobretodo en el personaje del abuelo Gessen, "El viejo de los Alpes". Seguramente este sea la persona de la serie con la que realmente me siento identificado. Catalogado de uraño por sus vecinos, quizás algo enemigo de la sociedad, pero que demuestra contundentemente todos los sentimientos que brotan de su corazón. No es que yo sea así totalmente, pero si que me veo reflejado en el sentido de que aunque pueda aparentar que no se preocupa de los demás, cuando le tocan ese corazoncito que todos llevamos en el interior, es capaz de hacer una y mil locuras por satisfacer a las personas que quiere. Raramente se me puede ver a mi con un grupo de amigos con los que salir siempre, todos los fines de semana, o con los que comparta todas las cosas de mi vida. Yo la amistad la vivo de un modo más diferente. Quizás no los veo tanto, pero se que están ahí. Cuando tenemos problemas, o cuando tenemos alegrias, siempre tenemos el teléfono para conversar horas y horas, para contarnos todos, y compartir con el otro, aunque nos separen 200 km.

Mientras, en mi mundo, alli sigo yo. En mi cabaña de la montaña, o en la penumbra de mi habitación, guiándome en esta vida con mis sentimientos, que son los que me impulsan a ir en una dirección o en otra. Quizá vaya contracorriente al mundo actual, pero es mi mundo, y soy feliz en él. A fin de cuentas, de eso se trata.

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